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Unión de Informáticos de Cuba, una plataforma para el diálogo


Son las tres de la tarde del 7 de octubre de 2016. Por el Miramar Trade Center circula esa masa tan universal de empresarios, trabajadores de servicios, muchach@s mostrando su esplendorosa juventud en ropa deportiva intentando llamar la atención de algún extranjer@ aburrido. La fauna habitual de todos los centros de negocios del mundo, da igual si se trata de Bangkok, Ciudad del Cabo o Brasilia.

Al tradicional hormiguero del lugar se suma una variopinta serie de personas de todas las edades y apariencias, que acude al teatro de Etecsa de ese recinto. Llegan convocados por la tercera edición de los “Viernes TIC”, una experiencia de intercambio y socialización de experiencias en la comunidad informática cubana. El plato fuerte de la jornada es una charla del director de tecnología (CTO, por sus siglas en inglés) para América Latina de la compañía china de telecomunicaciones Huawei, organizada por la joven UIC (Unión de Informáticos de Cuba; no confundir con la UCI –Universidad de Ciencias Informáticas– a pesar de las más que evidentes cercanías).

Hace exactamente siete meses, en su sesión constitutiva, esta organización declaraba su objetivo de “asociar a los profesionales cubanos de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones (TIC) en función de sus objetivos académicos, científicos y culturales, de manera que propicie su participación activa y eficaz en el desarrollo del país, su defensa e independencia”. Entre sus primeras acciones, la UIC eligió a su directiva, presidida por Ailyn Febles Estrada, Doctora en Ciencias Técnicas, cibernética de profesión, antigua docente y vicerrectora (ahora sí) de la UCI.

Febles es una mujer que, según el ángulo en que la enfoques y la intensidad con la que esté hablando, pasa de una juventud tardía a una temprana media edad. Son ciertos gestos, la forma en que la luz incide en su rostro, cierta elección de palabras. Una mezcla de audacia y alineación con el statu quo la convierten en la elección adecuada para liderar una organización que nace en tiempos de cambio y a la que le urge demostrar su valía.

Después de todo, ella es la cabeza visible de un empeño que viene de atrás. “Un sueño”, explica, “de los profesionales de la informática; porque se han graduado muchos –incluso fuera de Cuba– y no había una manera de visualizar el gremio. Nuestro caso no es como el de los médicos, que terminan la escuela y todos van al sector de la medicina, donde tienen un código ético que los agrupa. Además, cuando hacen falta médicos para Guinea sabes dónde buscarlos. Eso no pasaba con los profesionales del sector de las tecnologías, que están dispersos por todo el entramado social. Lo mismo te encuentras un informático en la fiscalía de Baracoa, solito, que cuatrocientos o quinientos en la UCI. Hacía falta una manera de agruparnos.

“Hace cuatro o cinco años un grupo preparó una propuesta de asociación. Se recorrieron todos los caminos para presentarla, y el Ministerio de Comunicaciones y la dirección del país se hicieron eco de la solicitud de crear una organización con estas características, más o menos parecida a la que constituimos”.

Ailyn habla de la UIC como de un neonato. Empeños como este, dice, tienen dos senderos posibles, “o cogen oxígeno y crecen, o los dejamos morir”.

“Afortunadamente –a partir del debate sobre la política y la informatización, en el que participé– esta iniciativa empezó a coger oxígeno. Ahí se discutió el tema de los recursos humanos, la necesidad de que no se nos vayan los profesionales, de aprovechar al máximo las capacidades que tenemos, algo que no estamos haciendo. Entre los acuerdos del debate se estableció crear una organización que agrupara a los profesionales del sector de la tecnología. El Ministerio de Comunicación lo asume entonces, formalmente, como una necesidad, y solicita al Ministerio de Justicia su constitución”.

De esa propuesta nació un comité organizador, compuesto por tres personas, que se lanzó por todo el país a recoger las ideas y preocupaciones de los profesionales de las tecnologías. Ese banco de ideas fue el primer referente. El otro fue la asimilación de experiencias de organizaciones similares como la UNEAC y la UPEC, con sus aciertos y errores a lo largo de sus varias décadas de existencia. Con todo ese material se diseñó una propuesta de estatutos y una proyección estratégica.

El próximo paso que dieron los futuros miembros bien puede ser visto como un acto de fe.

“Lanzamos la convocatoria de inscripción, pero teníamos una disyuntiva. Hacer una asamblea constitutiva con los profesionales que nos habíamos reunidos y las ideas que teníamos, y construir la organización de arriba hacia abajo, o invitar a todos los interesados a que se hicieran miembros de una organización que no existía, que fue lo que hicimos. Nos decidimos por esta opción; dijimos “vamos a crear principios fundamentales, y con esa propuesta de estatutos vamos a hacer asambleas provinciales”. Publicamos la inscripción y logramos convocar casi cinco mil personas cuando empezamos a hacer las asambleas provinciales.

“Llegamos a la asamblea nacional del 7 de marzo con siete mil miembros inscritos en la organización, después de habernos reunido y contado con el criterio de más de cuatro mil. Con sus planteamientos hicimos una especie de proyección estratégica; agrupamos todos los planteamientos en cinco temas fundamentales, los convertimos en programas, y definimos proyectos. Eso fue lo que llevamos entonces a la asamblea nacional de la UIC.

“Ahí discutimos los planteamientos, los programas y los estatutos. En este momento estamos discutiendo el reglamento, que tendrá una validez de un año, para poder revolucionarlo y no sea algo inmóvil. Existía el criterio de hacer una asamblea nacional cada dos años y medio, pero eso lleva elección de los cargos y es precisamente en ese tiempo que los dirigentes elegidos empiezan a conocer qué deben hacer y a quienes representan; que empiezan a tener resultados. A los dos años y medio (o sea en 2018) haremos una conferencia, donde discutiremos solo las proyecciones estratégicas, porque las tecnologías, la vida y las condiciones cambian muy rápido. Nos reuniremos de nuevo por todo el país y analizaremos las proyecciones, los cambios necesarios de programas y tareas, pero no cambiaremos la dirección.

“Lo más importante es que se trata de una organización muy deseada, en la que se alinea el deseo de los profesionales con un interés estatal. De hecho, es el estado –al amparo del artículo 7 de la constitución– el que solicita la creación de la organización.

Si la UIC hubiera decidido constituirse bajo la ley de asociaciones, sus organizadores aún estarían dedicados a otra cosa. Como tantas otras leyes, es de esas cuya utilización se encuentra detenida en el limbo de la voluntad política nacional. Que la UIC surja al amparo del artículo 7 de la constitución es mucho más que un mero mecanismo legal para darle vida. Digamos que surge la Asociación Nacional de Zombis. Como al estado no le interesa su existencia, si no se autofinancia, ni tiene membresía, ni demuestra su utilidad social, al estado no le preocuparía si esta desapareciera. En cambio, es mucho más probable que una organización sin fines de lucro reciba el espaldarazo por parte de las instituciones correspondientes si, parafraseando la letra legal, agrupa en su seno a distintos sectores de la población, representa sus intereses específicos y los incorpora a las tareas de la edificación, consolidación y defensa de la sociedad socialista.

En sus primeros meses de vida, la UIC ha aprendido a gatear, ha bautizado espacios con esos nombres rimbombantes que toda burocracia requiere –“Asamblea Nacional”, “Consejo Nacional”, “Junta Directiva Nacional”, “Asamblea Provincial”, “Consejo Provincial”, “Junta Directiva Provincial”, “delegaciones de base”–, e intenta modelar el espíritu de una organización con una membresía tan heterogénea.

Según Ailyn Febles, han sido meses de una dinámica “horrible”.

“Nosotros tenemos un equipo de personas de muchas edades y sectores, pero todos tenemos ganas de hacer. Casi todos los lunes realizamos una reunión –de tormenta de ideas, de coordinación, de la palabra que le quieras poner; no le hemos puesto un nombre aún–. Siempre decimos: “debemos tomarnos un tiempo porque tenemos que conceptualizar”. Esa es la palabra de moda, porque aún no hemos conceptualizado nada, pero lo estamos intentando.

“Tenemos demandas específicas. Por ejemplo, como las tecnologías cambian muy rápido, necesitamos espacios donde los miembros puedan compartir conocimientos y aprender; no tiene que ser necesariamente un aula, aunque también vamos a necesitar las aulas para impartir cursos. Deben existir otros espacios como este –el Viernes TIC en el que transcurre la conversación–. Hoy vino un representante de Huawei para la región; ellos tienen muchas cosas que enseñarnos, es una lástima que no se desborde el teatro. Estamos en La Habana, pero si te vas para Imías o Caibarién, allí las personas están demandando conocimientos de manera apremiante; se quedaron con lo que aprendieron en la universidad y un poquito más que han encontrado en un libro, pero no tienen de dónde aprender. Yo soy maestra, eso lo tengo en el alma; para mí enseñar y brindarles espacios a los miembros en los que puedan aprender es una meta de la organización.

“Tenemos el gran objetivo de que todos los integrantes de la Unión de Informáticos puedan tener acceso a internet, un asunto de infraestructura que no depende solo de nosotros, sino de los acuerdos que logremos con Etecsa. Eso tomará tiempo, y será paulatino. Pero también tenemos objetivos más modestos, como llevar un profesor de La Habana a Guantánamo, o traer un especialista de Guantánamo a La Habana”.

Otra de las obsesiones de Ailyn es el tema del intercambio cara a cara. “Las tecnologías de las comunicaciones propician que las personas se anquilosen en su pedacito, por eso nosotros insistimos tanto en que los encuentros que convocamos no son tan solo para sentarse y escuchar hablando al ponente de turno, sino para que los asistentes intercambien, interactúen, conversen. Para nosotros fue una satisfacción muy grande que, en todas las asambleas, las personas dijeran: “hemos visto aquí compañeros de la carrera, del pre, que eran vecinos, y que no habíamos visto nunca más”. Lograr que socialicen y encuentren una meta común es otro de nuestros empeños”.

A largo plazo, la UIC ambiciona convertirse en la plataforma que siente a dialogar a las instituciones gubernamentales, las empresas estatales, la academia y el sector no estatal. “En temas de tecnología”, aclara, “siempre con el apellido de que es en temas de tecnología. No tienen un nexo que las una, y puede ser una organización social, no gubernamental como la nuestra, la que se encargue de crear los puentes. Trabajamos de manera independiente con cada uno de estos sectores, y tratamos de reunirlos en espacios como este. En todas las provincias, no solo en La Habana, hemos intercambiado intensamente con los trabajadores no estatales. No se trata de atenderlos en lo particular; no es que sea nuestro foco delirante ni nada por el estilo. Es un sector más, es un actor económico y social más. Como organización queremos establecer un nexo que permita a los trabajadores no estatales ir a un evento científico; a la empresa, contratar a un trabajador no estatal; a la academia, recibir la experiencia del sector no estatal; al gobierno, escuchar los criterios de la empresa y del sector no estatal. Nosotros no somos decisores, ni somos empresa, pero podemos facilitar el intercambio, ese es otro gran objetivo”.

Para llevar adelante sus proyecciones, además de los espacios de encuentro, la UIC analiza el diseño de un modelo de sostenibilidad para la organización. Al margen de la subvención estatal, optan por fondos que ofrecen organismos multilaterales y de cooperación y comenzarán a cobrar una cuota de inscripción. Además ofrecerán servicios como cursos de capacitación y representación legal a los miembros para el ejercicio de la profesión –algo similar a lo que ya hace la Asociación Cubana de Comunicadores Sociales– “mientras no haya una legislación que permita el intercambio directo entre el sector privado y el sector empresarial en el campo de las tecnologías”, puntualiza Ailyn Febles. “Para tal efecto estamos pidiendo una licencia comercial al Ministerio de Comercio Interior. Para nosotros esto no es una meta, es una misión estratégica –mientras cambia la legislación, porque lo que debe ocurrir es una interrelación natural entre empresas y autónomos–.

“Dentro de este campo de la representación legal queremos desarrollar experimentos con el sector privado, empresas extranjeras y el Minrex y el Mincex. Al ser nosotros una organización civil tenemos un poco más de margen para probar cosas. ¿Funciona? Lo exhibimos entonces: “miren, es un experimento que funciona, trabajemos a mayor escala…” ¿No funciona? Lo echamos para el cesto y no le pasó nada a nadie.

“Ojalá podamos tener algo así como incubadoras de proyectos; por ahora tenemos dinero para vivir, malamente. Sería un buen proyecto, una buena línea de trabajo. De hecho, pretendemos que los Sábados de Software que estamos organizando sean una especie de demo day, donde podamos facilitar el intercambio y a lo mejor se acerca alguien que puede financiar o patrocinar una buena idea. De igual modo, cuando crezcamos como organización, si tenemos el financiamiento, tal vez podamos premiar las mejores ideas de los Sábados de Software y el premio pudiera ser el patrocinio para ejecutar la idea. No es precisamente el sistema de las famosas startups, pero a lo mejor, cubanizado el asunto, encontramos alguna manera. Pero todo eso no es más que ideas, deseos.”

Aunque sea difícil clasificarla, la UIC al menos tiene claridad en cómo no quiere ser vista. “No somos un sindicato”, repite Febles en más de una ocasión, “nosotros somos una organización social sin fines de lucro. Nuestro interés es crear una plataforma de intercambio. El intercambio genera demanda, criterios, opiniones para retroalimentar el diseño de políticas públicas”.

“Nosotros estamos ayudando, evangelizando, y donde quiera que haga falta una ayuda ahí vamos a estar, como estamos ahora con el ciclón”, predica Febles. “Nuestro trabajo es ese: unir, ayudar. Las personas no se unen a ti si no siente que tú les das la mano. Otra de nuestras grandes misiones es que quienes se sumaron cuando no éramos nada sigan creyendo en la Unión de Informáticos; que no dejen de creer y que logren contagiar a los demás”.

No obstante, puntualiza desde temprano, la UIC no tiene fuerza legal para defender a uno de sus miembros. Como organización social puede ayudar a esclarecer una duda jurídica, apoyar moralmente en la resolución de un conflicto, pero poco más. La Unión de Informáticos de Cuba evangeliza, pero no salvará a un informático del Armagedón.

Como todo millenial, la UIC vive el drama de la madurez en tiempos difíciles. Ya se vistió de largo y fue presentada en sociedad, pero aún busca casa propia; todavía pernocta en los predios del Ministerio de Comunicaciones. Si les preguntas si son una extensión más amable del Ministerio de Comunicaciones se apresuran en responder que no, que son independientes. “En este momento no tenemos una sede, y estamos viviendo al amparo de nuestro órgano de relación (Ministerio de Comunicaciones). Es una mano que nos han tendido, pero somos una organización independiente. Nosotros planificamos nuestras actividades, decidimos por acuerdo de la junta a quién contratamos para trabajar en la organización y quiénes son los nuevos miembros. Fue por nuestra cuenta que decidimos hacer el Primer Congreso Nacional de Tecnología Educativa en Camagüey, y de igual manera, por acuerdo de la junta, decidimos hacer un congreso sobre cibersociedad en 2017, y uno sobre soberanía tecnológica ahora en diciembre. O sea, nosotros tenemos independencia; hay asuntos sobre los que consultamos, para estar alineados con la política que exista al respecto.

“Por otro lado, nos queremos convertir en una vía de transmisión de información, que el gobierno sepa a través de nosotros los criterios del resto de los actores del sector, que los tenga en cuenta y tome las decisiones en base a ello”.

Saben que ganarse el derecho a hablar y tomar parte en las decisiones no es fácil; que probablemente tengan que bregar con la condescendencia y el menosprecio, que hay ciertas batallas que perderán, que deben esforzarse por merecer el respeto no solo del gobierno, sino de todas las partes que pretenden involucrar. El espaldarazo del gobierno es un buen comienzo, pero solo eso.

Por el camino han logrado insertarse en grupos de trabajo gubernamentales en los que se discuten diversas políticas –la implementación de la política de informatización, de exportaciones y otros temas de políticas públicas–, han trabajado de conjunto con los cuentapropistas en la identificación de seis problemas fundamentales que el sector enfrenta y sus posibles vías de solución, y han generado espacios de encuentro con las empresas para discutir sobre el uso de reservas generadas para investigación y desarrollo.

Una gran asignatura pendiente es la poderosa campaña de publicidad y relaciones públicas que necesitan para no ser vistos como una entidad estatal más (podían haber empezado por buscarse unas siglas un poco menos parecidas a la UCI, digo yo…). Y no es precisamente esperanzador que una organización de informáticos, a medio año de creada, siga sin una página web. Tienen grandes planes (un servidor dedicado, una serie de servicios especiales para los miembros), pero lo cierto es que aún no cuentan con una. “Para comienzos de año”, esperan.

Organización social al fin, la Unión de Informáticos de Cuba tiene el imperativo de posicionarse sobre discusiones actuales. Una de ellas es la referida a “la política de informatización”, una expresión sobre la que se oye a cada tanto en los discursos y los medios, pero de la que poco se sabe en concreto. Cuestionada al respecto, Febles dice que es un proceso que va en camino “como todas las políticas”.

A nuestra pregunta de si la falta de una coherencia de políticas de cara a internet por parte de las instituciones y empresas estatales es un problema, Ailyn Febles comenta que, aunque no hay “una” política aprobada, que está en proceso, sí entiende que es un problema multifactorial, con “otros conflictos asociados además de la política” en sí. Aunque no ha visto el resultado final de las discusiones del proyecto de política de informatización, sí sabe que entre otros se definieron como estratégicos puntos como el de la formación y aprovechamiento de recursos humanos, el desarrollo de infraestructura y el fortalecimiento de la industria del software.

En la alineación de Cuba y sus instituciones con los tiempos que corren, de aperturas y normalizaciones de relaciones, el gobierno norteamericano ha encontrado un filón para darle nuevos bríos a sus planes de subversión del sistema político cubano. La línea que separa el franco intercambio académico, profesional o humano, de los proyectos de los servicios de inteligencia de EE.UU. –demasiado frágil o demasiado evidente según las paranoias y certezas de quién la mire– es una de las zonas de conflicto del campo de la informática. Para Febles, demonizar el intercambio sería un gesto “inconsecuente”. Pero reconoce que le causa reservas un proyecto potenciado y aplaudido por el gobierno norteamericano. Como institución, opina, la Unión de Informáticos de Cuba debe mostrar las buenas prácticas, usar y aprovechar las tecnologías, no demonizarlas.

“Yo tenía un profesor que me decía “el cuchillo sirve para matar, pero sin cuchillo difícilmente podamos comer”. Los carros arrollan y matan personas, provocan accidentes, pero no por eso vamos a decidir no movernos más en carro, ¿no? Las tecnologías son una revolución, sería inconsecuente si dijera “no vamos a tener cuchillos, ni carros, ni computadoras, para salvarnos”. No, para salvarnos lo que tenemos que tener es principios, y ser consecuentes con nuestros principios, con nuestra historia, con nuestros valores y cultura. Eso es lo que hará la UIC como organización: defender el uso adecuado de las tecnologías para exhibir nuestros resultados, nuestros conocimientos, nuestra ética. Tendremos intercambios y posibilidades de hacer cosas de conjunto con ciudadanos norteamericanos. ¿Que si lo defiende el gobierno norteamericano tendremos reservas como organización? Sí, aunque no significa, que no trabajemos con ellos, especialmente si entra por los canales de los organismos estatales cubanos. Pero si se mantiene el bloqueo, si se mantiene la Ley de Ajuste y la base naval, por principio, por dignidad, por respeto a mi soberanía, a mi manera de vivir, el gobierno norteamericano seguirá siendo nuestro enemigo”.

Aún es demasiado pronto para hacer juicios definitivos sobre la UIC, sobre la gestión de Ailyn Febles. Pero ya han comenzado a dar sus primeros pasos de postadolescente. Ya comienzan a tratar de hacer valer su condición de adultos en un mundo de adultos, con reglas hechas por otros que deben adoptar con la esperanza de hacerlas a su manera algún día. Viviendo aún bajo la sombra de sus padres que no entienden demasiado que todo ese nuevo universo virtual hecho de pantallas, y culturas digitales sea el espacio natural de la nueva camada, que convoca a trabajos voluntarios desde una página en Facebook y no con el viejo cartel en el mural del sindicato. Si la Unión de Informáticos de Cuba tendrá pleno voz y voto en la Cuba que viene está por ver, pero se alistan para ello, y nosotros estaremos cerca para ver si aguantan la responsabilidad y el poder de la mayoría de edad.

Origen: Unión de Informáticos de Cuba, una plataforma para el diálogo